jueves, 8 de octubre de 2015

El origen del mal a nivel objetivo

Ahora sin edulcorantes subjetivos y fundamentalistas.

Las contradicciones son el origen de todo mal. Así de simple. 

Según la RAE, una contradicción es:

“Afirmación y negación que se oponen una a otra y recíprocamente se destruyen.”

Todo  el mundo vive con contradicciones. Y en cuantas más encontramos, mayor es el malestar de las personas, y por ende, mayor su enfermedad mental, su locura, su dolor.

No hace falta indagar mucho en la psique de cualquier persona para encontrar contradicciones. Pero ojo, para encontrarlas hay que saber de las dos afirmaciones que se están contradiciendo, es decir, de las dos informaciones que coexisten dentro de una persona y no están en armonía. No es moco de pavo, y hay que tener una mente muy racional y lógica para encontrar semejantes incongruencias.

El ejemplo más clásico que todos hemos vivido es el de la tele. Te sitúo: hora de cenar, familia típica, y nosotros a nuestros tiernos 10 años:

“Mamá, papá, ¿qué echan en la tele hoy?”
“Nada, una mierda, lo de siempre, lo mismo de cada semana…”
“¿Y por qué no apagar la tele y mirar otra cosa? ¿Por qué no hacer algo diferente, si esto no nos está siendo beneficioso?” diría una mente auténticamente lógica – y valiente, en este caso.

Es porque, en el fondo, a quien está viviendo en una contradicción semejante, le gusta sufrir. Esto no es nuevo y es fácil de entender: ¿contradicción evidente repetida  a diario, que causa conflicto y molestias, pero se sostiene? Tiene que ser voluntario. Pero, ¿voluntad de quién? ¿Quién mantiene esta tortura? ¿Por qué?

Podría encaramarme en las altas ramas de la filosofía moderna y citar al big other del famoso filósofo eslavo Slavoj Zizek, pero no es necesario. El big other no viene a ser otra cosa que el subconsciente colectivo, un fondo cultural que pese a ser negativo en muchas ocasiones se sostiene gracias a la ignorancia imperante en nuestra sociedad. Obviamente este caso es más fascinante porque es colectivo: todos lo hacemos siendo parte de una cultura. Pero a nivel individual también sucede: el ejemplo más flagrante es el del adicto (a lo que sea). Se provoca dolor a sí mismo, y lo disfruta. No me vale aquello del subidón, del mono, y de que es difícil dejarlo. Si se despertara en una isla desierta, lo dejaría, ¿no? Porque no hay. Pues eso. Es cuestión de voluntad – a qué voluntad nos sometemos, en este caso. A la nuestra, o a la del otro.

Hay contradicciones evidentes, y contradicciones sutiles. El caso del gordo que sigue engullendo en detrimento de su salud es fácil de ver, pero no tanto el del “niño malo”. Niño que en el 99% de los casos hace trastadas porque es la única manera de llamar la atención de una madre o padre que no le presta la suficiente. Que no le demuestra su amor de forma abierta, vaya. Quizá porque, realmente, no lo tiene, y es padre por convención social – porque si no, se iría. Porque el mundo real es amoral. La moralidad viene después, impuesta por los demás, por el colectivo, por el subconsciente.

Vivimos tan sumidos en las contradicciones, que no reconocemos a quienes no las tienen. ¿Cómo definirías a una persona así?  No tiene por qué ser un robot; pura lógica bajo una armadura de acero. Es tan simple como una persona que vive bajo las directrices de su propio código, y se mantiene fiel a ello. Las limitaciones impuestas por el propio artista son lo que realmente hace su arte bello – porque si es bueno, sabrá explorar esos límites hasta el final. Ser el padre de un sistema, y ejercer como tal. No es tan difícil, pero no hay nadie que lo haga, no al menos entre la gente normal.

A la hora de crear tu propio código, hay una serie de problemas. Hay normas y leyes universales por respetar. Principios y arquetipos matemáticos que van más allá de nuestras pequeñas mentes de primates y que tan sólo se entienden bajo la guisa de la física cuántica, o de la filosofía hermetista del Kybalión. Elige tu veneno.

Pero una vez comprendido cómo funciona el universo, hay que saber cómo funcionan las personas. Y esto no es moco de pavo para alguien que, como yo, ha tenido poco contacto interpersonal durante su infancia. Llámale seudoautismo, pero todo mi carisma viene adquirido a una edad mucho más tardía que el resto. Pero esto también es una bendición, porque comprendo toda la basura humana contradictoria como un sistema aparte; alejado de mi sistema.  Éste sigue siendo el de ese niño grande que se hace preguntas demasiado lógicas y demasiado hirientes. Y se las hace a los demás, invocando odios irracionales por parte de egos heridos, granjeándose un mal nombre entre la chusma. Consecuentemente, con pocos amigos, pero buenos.

Sabiendo cómo funciona todo, uno puede explorarse en búsqueda de contradicciones que provoquen nuestros dolores. No hay dolor en donde no hay contradicción. Ni siquiera dolor físico; el cuchillo que ha penetrado mi carne activa el sistema nervioso, y es natural que sienta dolor. Sé por qué,  así que puedo pasar página y buscar una tirita en vez de desangrarme.


Veamos el mismo ejemplo aplicado al cáncer contradictorio que llamamos sociedad: No hay dolor en donde no hay contradicción. Ni siquiera dolor psíquico; la tristeza que nos sobrecoge y nos lleva al negro abismo de la depresión no es más que el fuego alimentado por nuestra pereza, inactividad, traumas del pasado y demás pecados que merecen ser examinados cuidadosamente en cada individuo. Una vez sabido por qué, se puede pasar página y buscar el bálsamo necesario que nos permita seguir adelante en vez de llorar en vano.

Pero no queremos dejar de llorar en vano. Nos gusta. Especialmente si tenemos el teléfono de otra persona que nos sirva de esponja. Si está en la friendzone, mejor.

El sadomasoquismo vuelto moda; cómo mola sufrir. 

La gente quiere seguir siendo una víctima durante toda su existencia para justificar sus pecados. Pecados con mayúscula, porque vienen a ser todos los recogidos por la Biblia: Lujuria, Pereza, Gula, Ira, Envidia, Avaricia, Orgullo y por último Tristeza, incluida normalmente bajo Pereza por motivos evidentes. 

¿No son estos los mismos males fruto de la contradicción que azotan a nuestra decadente sociedad a día de hoy? ¿No sigue siendo un problema el sexo fácil y gratuito que sienta bien, pero que nos devasta el alma a la mañana siguiente cuando nuestro “rollo de una noche” se ha ido sin avisar? ¿O cuando a la centésima vez de follar por follar, nos damos cuenta de que ya no significa nada? ¿No sigue siendo un jodido cáncer esa vagancia de tantos y tantos jóvenes, que en vez de buscarse la vida se quedan en casa jugando a videojuegos, o lo que es peor, fumando porros en los parques y haciendo botellón? ¿No es un degenerado con mayúsculas ese adicto a la comida rápida, mal mirado por todos, inseguro y siempre pendiente del qué dirán, pero inconsciente del odio brutal que en realidad siente por sí mismo? ¿No es escoria ese hombre que prefiere enfadarse antes que vivir, siempre quejándose del gobierno, de su jefe, de su coche, de su trabajo, o de su puta madre? ¿No es un jodido discípulo de Judas esa víbora envidiosa de los logros de los demás que hará cualquier cosa por destruir la felicidad ajena? ¿Y no es ese orgulloso que postea sus logros en Facebook para hacerse el guay cuando en realidad su vida es una espiral narcisista sin fondo la viva imagen de nuestra decadente sociedad actual?  ¿No son estos los mismos problemas que aquejaban a la humanidad 2000 años antes de Cristo y 2000 después? Pues sí. Son los mismos problemas. Y nos gusta revolcarnos en nuestra propia mierda, tan sólo para quejarnos después por Twitter. Contradicciones, contradicciones y más contradicciones.

Pero hay esperanza. Las personas más extraordinarias que hay en mi vida son personas lógicas, no contradictorias. Y son a lo que aspiro ser. Porque son personas que viven plenamente. Saben de estos pecados, y los evitan con la gracia del lógico empirista que duerme con una Biblia sobre la mesita de noche. Saben en todo momento qué les limita y qué no. Y por lo tanto, pueden explorar sus universos personales del uno al otro confín, sin flagelarse como hacen los demás idiotas ignorantes que componen nuestra sociedad.

Y todo esto suena tan sorprendente, porque viene de una persona que decidió dejar de maltratarse para vivir con la lógica por delante desde que abrió por primera vez un libro de Nietzsche. Miento; desde mucho antes. Desde que no hacía amigos en el cole, porque ya desde pequeño veía cómo los otros niños del cole eran unos pedazos de idiotas ignorantemente educados en el arte de mentirse y herirse a sí mismos por unos padres negligentes a su vez maltratados por sus psiques degeneradas. Ya desde entonces apuntaba maneras, para delicia de mis padres.

Para ser no contradictorio, hay que echarle huevos. Porque lo primero y más doloroso es admitir que tú, como los demás hijos de Satanás, también eres un degenerado con múltiples defectos. Pero marcarás la diferencia tan sólo si erradicas esos males paso a paso, creciendo cada día para ser algo más. Tan sólo así, conocedor de las reglas de juego, he conseguido estar a otro nivel. ¿Y sabes qué? Genuinamente te deseo buena suerte tratando de alcanzarlo. Pero no me vengas diciéndome que no te juzgue, porque creo que me he ganado el derecho a hacerlo juzgándome a mí mismo en primer lugar, de forma brutalmente honesta y sin consideración por los sentimientos de un yo más débil que ahora forma parte del pasado.

Vivir sin contradicciones es lo único que puede hacerte verdaderamente feliz. Merece la pena intentarlo.

viernes, 28 de agosto de 2015

Compite: El enchufismo tiene causas biológicas



Una cosa muy buena que me llevo del mundo del Hip Hop, al que sigo desde hace ya bastantes años, es la idea de competición. Competición sana, intelectual, entre dos individuos que han de jugársela en sus bailes, pintadas o canciones, incluso a veces en directo.


Pero hoy me refiero a otro tipo de competición: la del mundo laboral, concretamente en España.
Siendo los políticos una representación bastante adecuada del español medio, no es de extrañar ver que son la viva imagen del enchufe. Siempre contratando a hermanos, primos, maridos, tíos  y demases. Tanto izquierda como derecha. Tanto arriba como abajo. Tanto en el congreso, como en el bar de la tía Paqui.
¿Y eso por qué? Porque con tal panorama, a uno se le hinchan bastante los huevos, sinceramente.
La respuesta, cómo no, está en la ciencia. Hay dos tipos de estrategias reproductivas en la naturaleza: /k y /r. Lobos y conejos. Con lo que ello implica:
·        Un lobo es leal a su grupo, y se juega su puesto en la jerarquía en peleas honorables con los demás lobos. Como ejemplo, cuando van a perder, basta con enseñar el cuello y su oponente será misericordioso con ellos. Además, es una especie que madura sexualmente mucho más tarde que las /r, y que invierte mucho más en su descendencia donde participan los dos padres.
·        Por otro lado, los conejos. Animales dóciles que son desleales, tan sólo buscan comer hierba, follar el máximo posible y multiplicarse.  Me la pela si matan a otro conejo, yo sigo vivo. Y si me pilla un depredador, mala suerte. Pero tuve 30 hijos, alguno seguirá con mi legado genético y promulgando la promiscuidad y la dejadez.
¿Cuál es el factor determinante para ser un tipo de especie u otra? Los recursos. Los lobos tienen pocos y han de competir entre ellos, mejorarse a sí mismos y convertirse en hábiles asesinos para sobrevivir. Los conejos no tienen que hacer una puta mierda porque la hierba crece por todos lados.

¿Y dónde están los humanos en todo esto, piensas ahora? Pues en medio. Originariamente de tipo /k, hemos ido tendiendo hacia el medio, de manera que ahora tenemos un popurrí de distintas estrategias reproductivas. La tendencia actual es preocupante: vamos hacia estrategias de tipo /r con lo que ello conlleva: menos inteligencia, menos grandeza, menos competición: una involución.  Ah, y ¿he mencionado que todo esto es inconsciente? Pues eso.
A dónde quería llegar con esto: Es normal que los hijos de puta que nos gobiernan y/o que enchufan a sus familiares  actúen así. Son conejos que tratan de evitar la competición de la manera que sea porque son escoria débil a los que en el mercado laboral se los comerían con patatas. De mientras, las personas que valen la pena y compiten de forma honorable tienen que joderse porque su esfuerzo no les rinde: consiguen lo mismo o un poquito más que un capullo que ha nacido en la familia adecuada. Desmotiva bastante, haciendo que el estratega tipo /k tenga menos ganas de serlo.


Concretamente, en lo nacional, España tiene una larga historia de anticompetividad que comienza en la nobleza de la edad media. Estos reyezuelos sirvieron de ejemplo a la muchedumbre, serían una especie de famosos de la época, pasa que sin salir en el Sálvame. En cuanto empezó a entrar el oro de las américas, la gente buscaba no trabajar, no competir, y no proliferar; currar es de pobres, decían. De ahí que el imperio se fuera a la mierda, entre otras cosas. Todos los hombres valientes y competitivos se fueron de aquí para Sudamérica, donde irónicamente ahora los hombres son más machos que aquí. Nos quedamos con la basura, como pasa con la actual fuga de cerebros.
Todo esto es muy deprimente a primera vista, pero yo prefiero verlo de otro modo: ahora sé cómo son los Españoles honorables que compiten para ver quién es el mejor, y cómo es la escoria que trata de evitar los conflictos porque tienen miedo a perder. Es mucho más fácil, teniendo esto en cuenta, saber cómo son las personas y cómo van a actuar.
Así que la próxima vez que te decepcione ver a un soplapollas que ha entrado a tu curro por enchufe, tranquilo: sabes por qué. Porque es un cobarde al que se lo comerían en el mundo real. Como dicen mis hermanos del rap: 







martes, 21 de julio de 2015

Sobre el tedio, el sexo, y el desapego



¡Es el Tedio! -los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
-Hipócrita lector, -mi semejante, -¡mi hermano!

Charles Baudelaire, Al lector

Una sombra que me ha ido acompañando durante toda mi vida ha sido el aburrimiento. Pero, más que un aburrimiento pueril, el clásico “mamá, me aburro; ¡no sé qué haceeeeeer!”, tras el paso del tiempo he ido viendo que en mi caso va un tanto más allá.

Baudelaire lo llamaba tedio, esa sensación abrumadora que desespera hasta el punto en el que uno se dirige a hacer maldades con tal de hacer algo. ¿Y por qué no, digamos, hacer algo positivo en vez de condenarse al infierno con vicios viles y deshumanizadores? Porque hecha una acción buena, hechas todas. Y lo mismo puede decirse de las malas. Ergo, de las acciones en general.

Cualquiera con la suficiente capacidad creativa puede “simular” en su mente una versión aproximada sobre lo que le espera cuando va a hacer algo basándose en experiencias previas, la suma de éstas, o con abstracciones puramente intelectuales que a veces se aproximan de forma terrorífica a la realidad. Cualquier adolescente febril fantasea sobre cómo será su primera vez con una chica, mas tan sólo unos pocos degenerados como yo han sido capaces de imaginárselo de forma bastante certera, para tan sólo decepcionarse una vez comprueban como es en realidad el asunto.

Eso me lleva a afirmar lo siguiente: el sexo está sobrevalorado.  Como lo están otros tantos actos mistificados por nuestra ideología colectiva imperante. Creo que hablo en nombre de todos cuando, en algún momento, desconectamos del acto sexual para sentirnos sumamente estúpidos de lo que estamos haciendo: Una serie de movimientos mecánicos, ruidos primitivos y segregación de fluidos bastante poco interesantes. Después si podemos volver a meternos en nuestro papel ideológico, bien, pero si no, tenemos un problema. Mi problema.



¿Qué pasa cuando dejamos de vivir dentro del saco ideológico donde viven los demás? ¿Cuando vemos las cosas por lo que son, sin las abstracciones e idealizaciones que las mistifican? Otros compañeros que han pasado por lo mismo que yo describen toda una serie de emociones, que acaban culminando habitualmente en cierta apatía – cierto tedio. Tedio que, o se supera, o acaba contaminando nuestra existencia.

Pero volvamos al punto focal de este artículo: el aburrimiento. El aburrimiento, para mí, es el punto en el cual dejamos de realizar una acción por el deseo colectivo que ha sido implantado en nosotros, al más puro estilo Origen (Inception), y vemos las cosas por lo que son. Ese paso que nos abstrae y enajena de nosotros mismos, y nos permite tener durante unos momentos una vista de águila sobre esa acción. ¿Por qué estoy lavando los platos? Ah, porque si no, X. Esa X es lo que particularmente me interesa, porque demuestra el calibre del individuo pensante y su nivel mental.

Si X es una respuesta ética basada en un sistema de valores dogmático, mal vamos. Véase catolicismo (y no cristianismo, ojo). Si X es una respuesta utilitarista, rollo “para que Y no se cabree, o para tener platos después, tenemos a alguien ya dentro del umbral de la lógica. Pero tan sólo cuando X nos lleva a formular una segunda pregunta, de carácter universal y absoluto, tenemos a una entidad pensante y consciente de sí misma. “Limpio los platos para poder comer más tarde, para poder trabajar, que a su vez me sirve para… mierda. Mi existencia no tiene sentido.”


He aquí la magia del aburrimiento: es proporcional a lo despiertos que estemos. Alguien capaz de entretenerse viendo un caracol no es alguien que merezca de mi atención, lo siento. Pero si está viendo el caracol y se pregunta sobre su existencia, anatomía, funcionalidad, u otras características de dicho caracol, coño, tiene mi respeto. Porque está pensando en motivos ulteriores que no son meramente respondidos usando google. 

Los humanos somos tridimensionales: por un lado, la realidad subjetiva y emocional (propias de la niña fascinada con el caracol). Por otro, la realidad objetiva y racional: el entomólogo fascinado con la casa del caracol cuyo patrón responde a la serie Fibonacci. Por último, está la realidad absoluta, universal, existencial, propia de los seres humanos capaces de tener pensamientos superiores: Por qué un caracol, en primer lugar. Para mí, tan sólo merecen la consideración de hombres estos últimos: la clasificación humana de platón es extremadamente similar. Los demás, para mí, son robots. Entartete untermensche.


Esa ansiedad vital, antes aburrimiento, ahora ya propiamente tedio, es la que me aleja de tomar el camino de experiencias que son fácilmente replicables en mi mente: Vista una mujer, vistas todas. Y sí, hay variaciones, pero tan ínfimas, y tan poco capaces de sorprenderme, que mi idea se torna verdad absoluta. Es exactamente lo mismo que decir 2+2=4. Se puede hacer que 2+2 sean 3,9999 con varios trucos matemáticos, pero el margen de error es tan ínfimo que no merece la pena ser explorado – y asumo conscientemente las consecuencias de pensar así.

Para mi compañero de batallas filosóficas, Phillip, en Alemania, el tedio es lo que le conduce a las drogas y al hedonismo. Para mí, es lo que me aleja de acciones ulteriormente insignificantes y me lleva a leer más sobre filosofía con tal de darle un sentido a todo, en vez de diluir ese sentido en whiskey, tabaco y drogas – cosa que resultó de todos modos inefectiva en mí. Pero los dos sabemos por qué hacemos lo que hacemos: por eso éramos hermanos sin necesidad de conocernos.

He aquí la naturaleza del tedio, ahora convertido en motor inmóvil de mi búsqueda intelectual. Porque fue originado de la acción insignificante, pero esa acción es insignificante porque mi tedio así la categoriza. Es lo de la gallina y el huevo otra vez.

¿Y cual es tu respuesta, sabihondo de mierda?
Bueno, temporalmente acepto la de Albert Camus; ser un rebelde ante el vacío nihilista que objetivamente es el universo una vez eliminamos toda ideología fundada en creencias colectivas. 
 Escupir al vacío y vivir en pos de nuestras pasiones bélicas, artísticas y amorosas. Aun así, Camus no cubre esos momentos en los que hay que hacer algo que no queramos, y rebelarse ante ello abiertamente sea peligroso. Mi respuesta personal, es la de transformarse en un Sísifo feliz gracias a la sabiduría de los monjes budistas Zen y el concepto del Desapego. Parafraseando a Suzuki: "Si tengo que matar a alguien, realmente no se trata de mí, si no de la espada quien mata a mi oponente. Yo no tengo deseo alguno de hacer daño a nadie, pero el enemigo aparece y se revela a sí mismo como vícitma; es como si la espada actuara automáticamente en nombre de la Justicia, y a su vez en nombre de la Misericordia". 



Sigo buscando absolutos, a caballo entre ciencia y religión, antes de dar por válida la naturaleza aparentemente vacua de nuestro universo. Pero el resumen sigue siendo el que es: follar es aburrido, porque no sirve de nada. Igual que tu existencia. Ahora bien, sabiendo esto, la próxima vez que folles será mucho más interesante: lo harás porque realmente quieras hacerlo.